Si Galeano tuviera la oportunidad de escribir, agregaría a su primero de noviembre esta pandemia que supera a todas las que el escritor uruguayo describe en el libro “Los hijos de los días”.

A esto agregaría el comportamiento de los medios de comunicación, de los gobiernos con mayor poder y, por supuesto, de nosotros como sociedad.

En 1986, la peste de las vacas locas golpeó a los británicos, y más de dos millones de vacas, sospechosas de contagiosa demencia, fueron castigadas con la pena capital.
En 1997, la gripe del pollo, difundida desde Hong Kong, sembró el pánico y condenó a un millón y medio de aves a la muerte precoz.
En el año 2009, estalló en México y en los Estados Unidos la gripe porcina, y el planeta entero tuvo que enmascararse contra la peste.
Millones de cerdos, no se sabe cuántos, fueron sacrificados por toser o estornudar.
¿Quién tiene la culpa de las pestes humanas? Los animales. Así de simple.
En cambio, están libres de toda sospecha los gigantes del agronegocio mundial, esos aprendices de brujos que convierten los alimentos en bombas químicas de alta peligrosidad”.