El cine, antes que nada y fundamentalmente, es ficción. Y el arte, por sobre todas las cosas y básicamente, es interpretación.

Por ejemplo, Cortázar plasmó un sueño en Casa Tomada, cuento que fue traducido por la crítica literaria como una alusión a la irrupción del peronismo en la historia argentina.

Un camino paralelo transitó El Padrino, la película emblema de Francis Ford Coppola​ basada en un libro del novelista Mario Puzo.

Una de las escenas magistrales es la solicitud del abogado de la familia Corleone (Tom Hagen) a un director de cine (Jack Woltz) para que incorpore a su nuevo film a un músico en decadencia (Johnny Fontane), ahijado de Vito Corleone, con el propósito que recupere la popularidad y protagonismo.

No son pocos los que entendieron que el personaje Fontane aludía claramente a Frank Sinatra.

Y Eduardo Galeano, recuerda este 10 de octubre, con esa historia:

“Según me contaron mis amigos sicilianos, don Genco Russo, capo dei capi de la mafia, llegó a la cita con una estudiada demora de dos horas y media.
En Palermo, en el hotel Solé, lo esperaba Frank Sinatra.
Y en este mediodía de 1963, el ídolo de Hollywood rindió pleitesía al monarca de Sicilia: Frank Sinatra se arrodilló ante don Genco y le besó la mano derecha.
En el mundo entero, Sinatra era La Voz, pero en la tierra de sus antepasados, más importante que la voz era el silencio.
El ajo, símbolo del silencio, es uno de los cuatro alimentos sagrados en la misa de la mesa mañosa: los otros son el pan, símbolo de la unión; la sal, emblema del coraje, y el vino, que es la sangre”.