¿Qué sucedería si en el programa “¿Quién quiere ser millonario?” la pregunta final, la decisiva, la que otorga el premio mayor, pretenda saber quién fue el primer presidente de los argentinos?

En el citado entretenimiento, cada participante debe elegir una opción entre las cuatro que se le ofrecen en cada indagatoria. ¿Qué debería responder entonces?

Bernardino Rivadavia (1826-27) sería una de las respuestas correctas; Justo José de Urquiza (1854-60) también podría ser una elección valedera; o mencionar a Bartolomé Mitre tampoco sería incorrecto (1862-68).

Todo depende de cómo se interpreten los hechos políticos que acontecieron en Argentina durante el siglo XIX.

Rivadavia, fue elegido por Buenos Aires y no reconocido por el resto de las provincias; inversamente, Urquiza contó con el visto bueno de los representantes de diversas provincias, pero no de Buenos Aires; y en el caso de Mitre contó con la aprobación de Buenos Aires y las provincias, en lo que fue el inicio de la actual organización nacional.

Nuestro personaje para esta fecha es Urquiza, a quién consideramos nexo entre Rivadavia y Mitre. Hoy, pero en 1870, período de Semana Santa, medio centenar de hombres ingresó violentamente al emblemático Palacio San José, para darle fin a la vida del caudillo entrerriano.

Urquiza fue decisivo a los intereses nacionales en dos batallas: la de Caseros (1852) que determinará la creación de la Constitución Nacional (1853); y la de Pavón (1861) que según las crónicas, ya con el triunfo asegurado para las tropas de la Confederación Argentina, optó por el retiro y, por ende, posibilitó la victoria de las fuerzas porteñas y la posterior reorganización del país conforme a las ideas de Buenos Aires.

A continuación, partes de un artículo publicado en www.elhistoriador.com.ar, sobre la batalla de Pavón que marca un hito, un punto de inflexión en nuestra historia:

“Chocan cerca de la estancia de Palacios, junto al arroyo Pavón en la provincia de Santa Fe, los ejércitos de Urquiza y Mitre. A Urquiza, a pesar de Caseros, lo rodea el pueblo entero; Mitre representa la oligarquía porteña. Aquél es un militar de experiencia, éste ha sido derrotado hasta por los indios en Sierra Chica. El resultado no parece dudoso, y todos suponen que pasará como en Cepeda, en octubre de 1859, cuando el ejército federal derrotó a los libertadores.

Parece que va a ser así. La caballería de Mitre se desbanda. Ceden su izquierda y su derecha ante las cargas federales. Apenas si el centro mantiene una débil resistencia que no puede prolongarse, y Mitre como Aramburu en Curuzú Cuatiá, emprende la fuga. Hasta que le llega un parte famoso: “¡No dispare, general, que ha ganado!”. Y Mitre vuelve a recoger los laureles de su primera –y única– victoria militar.

¿Que ha pasado? Inexplicablemente Urquiza no ha querido coronar la victoria. Lentamente, al tranco de sus caballos para que nadie dude que la retirada es voluntaria, ha hecho retroceder a los invictos jinetes entrerrianos. Inútilmente los generales Virasoro y López Jordán, en partes que fechan “en el campo de la victoria” le demuestran el triunfo obtenido. Creen en una equivocación de Urquiza. ¡Si nunca ha habido triunfo más completo! Pero Urquiza sigue su retirada, se embarca en Rosario para Diamante, y ya no volverá de Entre Ríos.

¿Qué pasó en Pavón? Es un misterio no aclarado todavía. Se dice que intervino la masonería fallando el pleito en contra del pueblo, sin que Urquiza pagara las costas (las pagó el país), que un misterioso norteamericano de apellido Yatemon fue y vino entre uno y otro campamento la noche antes de la batalla concertando un arreglo, que Urquiza desconfiaba del presidente Santiago Derqui, que estaba cansado y prefirió arreglarse con Mitre, dejando a salvo su persona, su fortuna y su gobierno en Entre Ríos. Todo puede conjeturarse. Menos que lo que dirá en su parte de batalla: que abandonó la lucha “enfermo y disgustado al extremo por el encarnizado combate”.