En un error constante del periodismo mencionar como la final del mundial 50 aquel histórico Brasil – Uruguay que coronó a la selección rioplatense tras vencer por 2 a 1.

Lo cierto es que aquel certamen, que cumple 70 años, fue el único que se disputó con una ronda final de la que formaron las citadas selecciones sudamericanas, España y Suecia.

Además el “Maracanazo” en términos deportivos es inigualable. Es un lugar común donde fácilmente caen programas, medios, para aludir a victorias de equipos en calidad de visitante, aún en cotejos amistosos.

Eduardo Galeano recuerda aquel título uruguayo en el 16 de julio de “Los hijos de los días”.

“Blanca era la camiseta de Brasil. Y nunca más fue blanca, desde que el Mundial de 1950 demostró que ese color daba desgracia.

Doscientas mil estatuas de piedra en el estadio de Maracaná; el partido final había concluido, Uruguay era campeón del mundo, y el público no se movía.

En la cancha deambulaban, todavía, algunos jugadores.

Los dos mejores, Obdulio y Zizinho, se cruzaron.

Se cruzaron, se miraron.

Eran muy diferentes. Obdulio, el vencedor, era de hierro. Zizinho, el vencido, estaba hecho de música. Pero también eran muy parecidos; los dos habían jugado lastimados casi todo el campeonato, uno con el tobillo inflamado, el otro con la rodilla hinchada, y a ninguno se le había escuchado una queja.

Al fin del partido, no sabían si darse un puñetazo o un abrazo.

Años después, le pregunté a Obdulio:

—¿Te ves con Zizinho?

—Sí, de vez en cuando. Cerramos los ojos y nos vemos”.