-¿Alguien puedo decirme de qué color es el caballo de San Martín?
-Un oscuro, maestra. Marca Jacinto Molina.

La anécdota ocurrida en un colegio en Río Negro hace muchos años, además de gracia, puede generar en uno la sensación de desconocimiento sobre José Francisco de San Martín y Matorras.

Pero al único San Martín que conocía ese alumno residía en un campo de la Línea Sur y precisamente ese era el color de piel del equino. Por ende, su respuesta no había sido incorrecta.

Y nosotros, que al unísono hubiésemos gritado “¡blanco!”, ¿conocemos lo esencial del Libertador de América que hoy será conmemorado, particularmente, en nuestro país, Chile y Perú?

¿Sabemos el tiempo, los entrenamientos, el modo y con quienes realizó el épico cruce de los Andes? ¿Somos capaces de comprender que constantemente se capacitó para mejorar su trabajo?

¿Qué lidió y se enfrentó permanentemente a la burocracia porteña que defendía a la patria desde sillones?

¿Cuántas preguntas quedan para formularnos sobre este imprescindible de nuestra historia nacional y americana?

Ni siquiera quienes año a años se encargan de recordarlo cada 17 de agosto lo hacen en la hora correcta.

San Martín, inmortal desde hace exactamente 270 años, falleció según los libros las 3 de la tarde hora de Francia, no de Argentina.

Recuerda el historiador Felipe Pigna que en 1792 en los Alto Pirineos “José, con 14 años, tuvo su primera experiencia con la geografía y el clima de montaña, que nunca olvidaría y le sería útil en su más célebre hazaña.

Allí vio cómo los hombres y las bestias podían morir congelados, y aprendió a sentir un frío que su cuerpo correntino nunca había experimentado.

Supo de golpe que no hay abrigo que alcance y que los temores a congelarse y a las balas del enemigo van parejo.

Vio con sus catorce años por estrenar cómo las situaciones extremas, más que cambiar, desenmascaran a la gente, y cada uno era lo que era”.