Y se acabó la fiesta del Centenario, y toda esa fulgurante basura fue barrida.
Y estalló la revolución.
La historia recuerda a los jefes revolucionarios, Zapata, Villa y otros machos machos. Las mujeres, que en silencio vivieron, al olvido se fueron.
Algunas pocas guerreras se negaron a ser borradas:
Juana Ramona, la Tigresa, que tomó varias ciudades por asalto;
Carmen Vélez, la Generala, que dirigió a trescientos hombres;
Ángela Jiménez, maestra en dinamitas, que decía ser Ángel Jiménez;
Encarnación Mares, que se cortó las trenzas y llegó a subteniente escondiéndose bajo el ala del sombrerote, para que no se me vea la mujer en los ojos;
Amelia Robles, que tuvo que ser Amelio, y llegó a coronel;
Petra Ruiz, que tuvo que ser Pedro, la que más balas echó para abrir las puertas de la ciudad de México;
Rosa Bobadilla, hembra que se negó a ser hombre y con su nombre peleó más de cien batallas;
y María Quinteras, que había pactado con el Diablo y ni una sola batalla perdió. Los hombres obedecían sus órdenes. Entre ellos, su marido”.

Eduardo Galeano – Los hijos de los días.