En 1773, la tierra tembló de hambre y en un par de días devoró a la ciudad, ahora llamada Antigua, que durante más de dos siglos había reinado en Guatemala y en toda la región.

Pero en las fiestas religiosas, Antigua se alza desde sus ruinas. Sus calles son alfombras de flores, flores que dibujan soles y frutas y aves de mucho plumaje, y entonces ya no se sabe si los pies que las caminan celebran el próximo nacimiento de Jesús o el renacimiento de la ciudad.

Los vecinos han tejido, manos pacientes, pétalo tras pétalo, hoja tras hoja, esos jardines callejeros, para que Antigua sea inmortal mientras dure la fiesta.

Eduardo Galeano – Los hijos de los días.