Cuando Karl Marx leyó El derecho a la pereza, sentenció:

Si esto es marxismo, yo no soy marxista.

El autor, Paul Lafargue, parecía más anarquista que comunista, y revelaba una sospechosa tendencia a la locura tropical.

Tampoco para yerno le gustaba este cubano de color no muy clarito:

La intimidad excesiva está fuera de lugar —le advirtió, por escrito, desde que Paul inició peligrosos avances sobre su hija Laura, y solemnemente agregó:

Es mi deber interponer mi razón ante su temperamento criollo.

La razón fracasó.

Laura Marx y Paul Lafargue compartieron la vida durante más de cuarenta años.

Y en la noche de hoy del año 1911, cuando la vida ya no era vida, en su cama de siempre viajaron, abrazados, el último viaje.

Eduardo Galeano – Los hijos de los días.