En 1910, culminó la rebelión de la marinería brasileña. Los sublevados habían amenazado, mediante cañonazos de advertencia, a la ciudad de Río de Janeiro:

—Basta de azotes, o haremos polvo la ciudad. A bordo de los buques de guerra, los latigazos eran costumbre, y con frecuencia morían los castigados.

Y al cabo de cinco días triunfó el motín, y los látigos fueron arrojados al fondo de las aguas, y los parias de la mar desfilaron, aclamados, por las calles de Río.

Un tiempo después, el jefe de la insurrección, Joáo Candido, hijo de esclavos, almirante por decisión de los sublevados, volvió a ser marinero raso.

Y un tiempo después, fue expulsado. Y un tiempo después, fue preso. Y un tiempo después, fue encerrado en el manicomio.

Él tiene su monumento, dice una canción, en las piedras pisadas de los muelles.