Había sido copiosa la bebedera, diciendo adiós al año que pronto se iría, y andaba yo perdido en las calles de Cádiz.

Pregunté por dónde se iba al mercado. Un viejo desprendió su espalda de la pared y muy desganadamente me respondió, señalando nada:

—Tú haz lo que la calle te diga.

La calle me dijo, y yo llegué.

Algunos miles de años antes, Noé había navegado sin brújula, ni velas, ni timón. 

El arca se dejó ir, por donde el viento le dijo, y se salvó del diluvio.