Framento de texto de Felipe Pigna.

Aquel 9 de julio, apenas 11 días después del golpe de Estado que derrocara al Doctor Illia y entronizara al dictador Onganía, el país conmemoraba los 150 años de la declaración de la Independencia nacional. La situación nacional podía verse claramente reflejada en dos discursos antagónicos que se dijeron el mismo día de la Independencia. Dijo en aquella ocasión el general Onganía: “No permitiremos que acosen a nuestra juventud extremismos de ninguna naturaleza. Si fijamos con claridad el rumbo, nadie podrá apartarla de su misión de grandeza.” Y dijo pocas horas después el Rector de la Universidad de Buenos Aires, Hilario Fernández Long: “En este día aciago en que se ha quebrantado en forma total la vigencia de la Constitución, hacemos un llamado a los claustros universitarios en el sentido de que sigan defendiendo como hasta ahora la autonomía universitaria. La Universidad no es una máquina ni una razón; es una voluntad decidida a iluminar los caminos más difíciles del hombre”.

Veinte días después la historia los iba a juntar a golpes, a golpes de bastones largos.

Todo empezó un viernes. Estaba reunida la “mesa chica” de la inteligencia de la autodenominada “Revolución Argentina”. Allí estaban los generales Eduardo Señorans, jefe de la SIDE, y Mario Fonseca, jefe de la Policía Federal. Llegaron noticias de los servicios de que en la Facultad de Ciencias Exactas, en la Manzana de las Luces, la comunidad universitaria había resuelto resistir pacíficamente la violenta política educativa del Onganiato. Los generales ya se habían decidido a intervenir “contra los subversivos” cuando un estímulo extra alimentó sus furias. Fonseca y Señorans recordaron que hacía unos días mientras homenajeaban a su idolatrado General de la Nación Julio Argentino Roca en su notable monumento emplazado frente a la Facultad, y mientras leían y escuchaban alternativamente discursos sobre la valentía del general y las ventajas del fusil Rémington sobre las lanzas, comenzaron a llover aquellas sólidas monedas de un peso moneda nacional sobre las gorras de los representantes de la reserva moral de la Nación y sus amigos civiles y eclesiásticos. La inusual emisión monetaria provenía de las ventanas de la Facultad de Exactas y era arrojada por entusiastas y certeros estudiantes. Fonseca recordaba con admiración la actitud decidida del general Ávalos, quien valientemente escoltado y armado irrumpió en la Facultad para pedir explicaciones. Fonseca y Señorans se aprestaban a darles una lección a aquellos apátridas que no respetaban ni al general Roca, que en paz descanse, y decidieron bautizar al operativo con el poético nombre de “Operación Escarmiento”.

En Exactas, mientras tanto, tras una masiva asamblea, Docentes y Alumnos decidieron tomar el establecimiento en demanda de la anulación del decreto 16912 de Onganía, que ponía fin a más de 40 años de Autonomía, Cogobierno y Libertad de Cátedra, los ejemplares postulados de la Reforma Universitaria de 1918 que recorrieron el mundo y honraron a la inteligencia argentina.

Los docentes y los estudiantes con más experiencia en la lucha invitaron a retirarse a los compañeros que tuviesen miedo o no estuvieran de acuerdo con la toma. Tanto el decano Rolando García, como el vice-decano Manuel Sadosky y aun el notable profesor visitante Warren Ambrose del MIT (Instituto Tecnológico de Massachusetts) , creyeron que ante su presencia las tropas de Onganía se iban a abstener de reprimir la pacífica toma.

La lógica de los notables científicos no coincidía en nada con la de los represores. El general Fonseca mandó cortar el tránsito en torno a toda la Manzana, que empezaba a perder sus luces. Pronto unas voces metálicas intimaron a través de altavoces el desalojo inmediato del edificio. Desde adentro respondieron con una canción que se había estrenado en 1813 a pocos metros de allí, el Himno Nacional Argentino. Estudiantes y docentes salieron del edificio cantando la canción nacional con los brazos en alto. Nadie opuso resistencia. Pero la orden debía cumplirse claramente, Fonseca había dicho que había enseñarles a esos “judíos de mierda”, a esos “zurdos hijos de puta” que “acá se había acabado la joda”. Y la obediencia debida y generalmente sentida hizo el resto. La Guardia de Infantería no ahorró insultos, patadas, golpes de machetes y palazos que por “orden superior” y razones obvias debían apuntar a la cabeza, pero no sólo en la cabeza, como lo demuestra la querella criminal iniciada por el decano Rolando García contra el general Fonseca, en donde constan según el informe forense lesiones en el cráneo, la espalda y la fractura de parte de la mano derecha.

Al salir, los estudiantes debieron pasar por una doble fila de policías que golpeaban a los varones y, como buenos caballeros defensores de la moral occidental, golpeaban y manoseaban a las estudiantes.

En la facultad de arquitectura se repitieron las escenas de barbarie a pesar de que allí no se había preparado orgánicamente ningún acto de resistencia.

En total, en aquella noche nefasta ideada por Onganía y sus secuaces, se llevaron a 200 personas detenidas, aunque los partes oficiales hablaban de 140. Otras quince fueron llevadas a distintos hospitales públicos.

Todos los detenidos sufrieron vejaciones y muchos de ellos simulacros de fusilamiento. Todos aprendieron una lección inolvidable: las dictaduras odian la cultura, el estudio superador, liberador. Todos ellos recibieron, junto a los golpes, su graduación acelerada en una materia que comenzaba a impartirse en la Argentina y en América Latina por ordenes superiores de Washington, aceptadas con mucho gusto por los mercenarios locales y sus financistas de turno, que comenzaba a conocerse como la Doctrina de la Seguridad Nacional, y empezamos a saber que era correlativa y obligatoria.

Canal Encuentro.