El lunes 6 de agosto fueron asesinadas decenas de miles de almas por una bomba atómica que lanzó Estados Unidos en la ciudad japonesa de Hiroshima.

Historias que quedaron truncas, vidas que jamás tuvieron justicia y un pueblo que sigue reclamando, 75 años después, por un mundo sin armas nucleares.

“En 1945, mientras este día nacía, murió Hiroshima.

En el estreno mundial de la bomba atómica, la ciudad y su gente se hicieron carbón en un instante.

Los pocos sobrevivientes deambulaban, mutilados, sonámbulos, entre las ruinas humeantes. Iban desnudos, y en sus cuerpos las quemaduras habían estampado las ropas que vestían cuando la explosión. En los restos de las paredes, el fogonazo de la bomba atómica había dejado impresas las sombras de lo que hubo: una mujer con los brazos alzados, un hombre, un caballo atado.

Tres días después, el presidente Harry Truman habló por radio.
Dijo:

—Agradecemos a Dios que haya puesto la bomba atómica en nuestras manos, y no en manos de nuestros enemigos; y le rogamos que nos guíe en su uso de acuerdo con sus caminos y sus propósitos”.

Eduardo Galeano – Los hijos de los días.