El 7 de mayo de 1919 nació María Eva Duarte, una de las mujeres más influyentes e importantes de la historia argentina.

Amada por la clase obrera y odiada por las élites, “Evita” dejó su impronta y supo trascender más allá de lo corta que fue su vida.

Compartirmos el recuerdo de Eduardo Galeano y un cuento de Rodolfo Walsh en voz de Alejandro Apo.

¡Viva el cáncer!, escribió alguna mano enemiga en un muro de Buenos Aires.

La odiaban, la odian los biencomidos: por pobre, por mujer, por insolente.

Ella los desafía hablando y los ofendía viviendo.

Nacida para sirvienta, o a lo sumo para actriz de melodramas baratos. Evita se había salido de su lugar.

La querían, la quieren los malqueridos; por su boca ellos decían y maldecían.

Además Evita era el hada rubia que abrazaba al leproso y al haraposo y daba paz al desesperado, el incesante manantial que prodigaba empleos y colchones, zapatos y máquinas de coser, dentaduras postizas,
ajuares de novia.


Los míseros recibían estas caridades desde al lado, no desde arriba, aunque Evita luciera joyas despampanantes y en pleno verano ostentara abrigos de visón. No es que le perdonaran el lujo: se lo celebraban. No se sentía el pueblo humillado sino vengado por sus atavíos de reina.

Ante el cuerpo de Evita, rodeado de claveles blancos desfila el pueblo llorando. Día tras día, noche tras noche, la hilera de antorchas: una caravana de dos semanas de largo. Suspiran aliviados los usureros, los mercaderes, los señores de la tierra.

Muerta Evita, el presidente Perón es un cuchillo sin filo.

Eduardo Galeano, “Memoria del Fuego”.