¿Quién podrá sitiar a Tenochtitlán?, preguntaban los cantares. ¿Quién podrá conmover los cimientos del cielo?
En el año 1519, los mensajeros contaron a Moctezuma, rey de los aztecas, que unos seres extraños, que escupían
truenos y tenían pechos de metal, caras peludas y cuerpos de seis patas, venían camino de Tenochtidán.
Cuatro días después, el monarca les dio la bienvenida.
Ellos habían llegado desde la misma mar por donde se había alejado, en tiempos lejanos, el dios Quetzalcóad, y Moctezuma creyó que Hernán Cortés era el dios que regresaba. Y le dijo: —A tu tierra has llegado.
Y le entregó la corona, y le otorgó ofrendas de oro, ánades de oro, tigres de oro, máscaras de oro, oro y más oro.
Entonces, sin desenvainar la espada, Cortés lo hizo prisionero en su propio palacio.
Moctezuma murió apedreado por su gente.

El suicidio de Tenochtitlán – Eduardo Galeano- Los hijos de los días.