Tal vez sin conocer qué es y en qué consiste la resiliencia, Ema Nahuelguer supo a lo largo de estos 75 años llevar y sobrellevar con dignidad, suma entereza y una gran capacidad, momentos difíciles en distintas etapas de su vida.

Su registro en este mundo se inicia en el paraje rionegrino de Tambelén, en septiembre de 1945 y se reinicia aquel martes 20 de noviembre, cuando el país conmemoraba el centenario de la Vuelta de Obligado, batalla que marcó un nuevo rumbo para Argentina.

Por las distancias, los tiempos propios de la época y meramente climatológico, su padre Francisco demoraría un poco más de dos meses en registrarla en el Juzgado de Paz de Los Menucos.

No tuvo la oportunidad de tener continuidad en una escuela primaria ni tampoco quería ser parte del día a día de un establecimiento rural en la zona conocida como Choique Mahuida.

Entonces, entrando a la adolescencia, dejó de cuidar a alguna punta de chivas, para desplegar tareas cotidianas en un hogar porteño.

Aquel viaje desde la línea sur de Río Negro hasta Buenos Aires, además de ser una osadía en tren para una jovencita, también la perfiló para saber cómo continuar su vida.

Ella visitaba a familiares en Bahía Blanca, ciudad donde estableció un vínculo definitivo con Faustino, quien se transformaría su compañero por cuatro décadas y con quien tendría 6 hijos (uno de ellos vive en su corazón).

-Nene, ¡¡¡¡Neneeee!!!!
-Mamá, ¿qué hacés acá?
-Tenía ganas de ver a Sansinena y me vine.
-¿Con quién andás?
-Sola…En realidad con toda la gente, en el colectivo. No te preocupes que me cuidan.

“No vivíamos en Cerri, pero éramos de Sansinena”, mencionó alguna vez esta mujer que reside en nuestra localidad desde 1976.

Doña Ema siempre está en el Luis Molina y el último año había cumplido un simple y hermoso sueño: ver a su equipo fuera de Cerri y, bastón en mano y colores al cuello, viajó a Viedma.

El Rojo le regaló una victoria en un tarde calurosa y esta mujer antes de regresar saludó con respeto al DT con un “el 10 (Diego Ramírez) fue el mejor”.

Y si hay boxeo, también se prende, como lo hecho con cada viaje para conmemorar la figura de su Ceferino Namuncurá.

Hoy se apoya en el amor de sus hijos Héctor, Oscar, Nestor, Soledad y Pablo y de sus nietos Diego, Guillermina, Rodrigo, Lihuén (quién siguió los festejos por videollamada), Lucas y Samir.

Y en vecinos como Mario, Adriana, Lucía o Nélida; de hijos postizos como Mauro; de sobrinos como Marcos, Rubén, Yoly o Marilú, y de tanta gente que, junto al grupo de Cumple Abuelos, le regalaron el pasado viernes un cumpleaños distinto, un cumpleaños feliz.